Dormir en la historia: los hoteles legendarios de Nueva York

Nueva York guarda la huella de su pasado en sus edificios, y unos cuantos hoteles son los testigos más elocuentes. Allí se firmaron acuerdos, se escribieron canciones, se rodaron películas y se celebraron cenas que hicieron época. Estas son seis direcciones donde se duerme con el confort de hoy entre muros que cuentan el siglo pasado.
El Waldorf Astoria, la cumbre del lujo
Fundado en 1893, el Waldorf Astoria se construyó sobre la idea del lujo absoluto. Al principio eran dos hoteles distintos, el Waldorf y el Astoria, levantados por dos ramas de la familia Astor en el solar que hoy ocupa el Empire State Building. Los edificios originales se derribaron y el establecimiento reabrió en 1931 en Park Avenue, donde se convirtió en la dirección de la alta sociedad y de los visitantes ilustres.
Winston Churchill, Marilyn Monroe y el rey de Inglaterra se alojaron allí, igual que decenas de presidentes estadounidenses y estrellas de Hollywood. El hotel servía tanto de residencia como de escenario para grandes eventos y encuentros internacionales.
Su decoración art déco, sus obras de arte y su mobiliario de época lo sitúan en su tiempo a la primera mirada. Cerró para una reforma de gran calado y va reabriendo sus habitaciones por fases.
El Plaza, el glamur y el cine
En la esquina de la Quinta Avenida con Central Park, el Plaza abrió en 1907 con un estilo de Renacimiento francés. Pronto se convirtió en el refugio de las grandes fortunas neoyorquinas y en el decorado de su vida social.
El cine y la literatura se apropiaron del sitio. Allí se aloja Kevin en Solo en casa 2: Perdido en Nueva York, y allí daba F. Scott Fitzgerald las fiestas que lo hicieron famoso junto a su mujer, Zelda.
Las habitaciones y las suites dan a Central Park, y el interior conserva el fasto de la edad dorada neoyorquina. Es la dirección para quien quiera ver de cerca lo que significaba la palabra “palace” a principios del siglo XX.
El Chelsea Hotel, refugio de artistas
Donde el Waldorf y el Plaza cultivan la sofisticación, el Chelsea Hotel hizo lo contrario. Construido en 1884 en el barrio de Chelsea, se convirtió en la casa de la contracultura neoyorquina.
Allí vivieron Bob Dylan, Patti Smith, Leonard Cohen, Andy Warhol y Sid Vicious, de los Sex Pistols. No era un hotel para ricos en busca de brillo, sino un sitio donde se creaba. Leonard Cohen escribió allí algunas de sus canciones más conocidas y Andy Warhol rodó Chelsea Girls entre sus paredes.
El establecimiento ha salido de una reforma larga y discutida. Sigue siendo el símbolo de la libertad creativa que marcó la ciudad durante décadas.
El Algonquin, cuartel general de los escritores
Abierto en 1902 cerca de Times Square, el Algonquin debe su fama a la literatura. Acogía la Mesa Redonda del Algonquin, un grupo de escritores, críticos y periodistas que comían allí a diario para discutir de libros y de política.
La figura central del grupo era Dorothy Parker, poeta y crítica temida por sus frases. Robert Benchley, Harpo Marx y George S. Kaufman estaban entre los habituales.
Los salones revestidos de madera oscura y sus butacas de cuero conservan el mismo espíritu. Para un lector, es la dirección más evocadora de la lista.

El St. Regis, la elegancia discreta
Inaugurado en 1904 por el millonario John Jacob Astor IV, el St. Regis se concibió para ofrecer todas las comodidades modernas en un ambiente reservado.
Allí se introdujo el Bloody Mary en Estados Unidos. El cóctel se sigue pidiendo en el King Cole Bar, bajo el mural de Maxfield Parrish que da nombre al local. Los frescos y el mobiliario de época completan el decorado.
Las habitaciones y las suites están amuebladas con cuidado y decoradas con obras de arte. El servicio sigue siendo la seña de identidad de la casa.
El Carlyle, la alta sociedad y el jazz
Abierto en 1930 en el Upper East Side, el Carlyle ha recibido a presidentes estadounidenses, a familias reales y a artistas de todo el mundo.
Su particularidad está en la música. El Café Carlyle es una de las salas más reputadas de la escena neoyorquina: Bobby Short tocó allí durante décadas y el formato íntimo, unas cuantas mesas frente al piano, no ha cambiado.
El hotel reúne la sofisticación del barrio y el espíritu artístico de la ciudad sin cargar las tintas en ninguno de los dos lados.
Un apunte práctico: no hace falta reservar habitación para ver estos sitios. El King Cole Bar del St. Regis, los salones del Algonquin y el Café Carlyle están abiertos al público. Con una copa se atraviesa el decorado, al precio de una consumición neoyorquina y no al de una noche de hotel.
